En la mañana cuando salí del departamento para ir al trabajo, estaba parada en la banqueta esperando el autobús y me encontré ésta pequeña polilla muerta.
Mientras le tomaba foto a la polilla muerta, en mi cabeza ya figuraba la frase “man down” para postearla en Instagram, así mientras le tomaba foto, vi que se acercaba un pequeño amigo canino con la mirada fija en mí y al pasar junto, me rodeo colocándose a mi lado para ver desde mi punto de vista a la polilla muerta.
Roland es un perro callejero, con el cual he tenido varios encuentros.
El primero de ellos fue cuando salía de cenar con mi familia y caminábamos de regreso a casa, él simplemente nos siguió.
El segundo fue cuando mi novio y yo platicábamos sentados en el pasto del camellón que está por mi casa, Roland, igual que hoy, se acercó mirándonos fijamente y se acostó atrás de nosotros.
El tercer encuentro fue el de hoy, el más hermoso que he tenido con algún amigo canino de las calles.
Después de sacar fotos a la polilla muerta, Roland y yo nos miramos y yo le acaricié la cabeza, en respuesta, él se recostó junto a mí, mi autobús ya se veía a lo lejos y pensé que ese can necesitaba un nombre, un nombre con el cual yo pudiera llamarlo a nuestro próximo encuentro, como yo escuchaba música, le puse el nombre de la canción que tocaba en ese momento “Roland” de Interpol.
Cuando vi que el camión se acercaba y nuestra despedida era inminente, me agache con él y le llamé -¡Roland!- y el me volteo a ver –Ya me voy amiguito- le dije dándole mi puño (ya saben, fist bump) y él, impresionantemente me dio su patita, así se cerró nuestro pacto de amistad.
Al subirme al autobús, vi a Roland por las ventanas, él se sentó y vio el autobús alejarse y yo lo vi hacerse más pequeño… minutos después, sumergida en el pensamiento de mi recuerdo me sorprendí con una sonrisa, cuando comprendí que Roland había hecho mi día feliz, quise volverlo a ver de inmediato.
Es impresionante lo mucho que un ser puede brindarte con tan solo un minuto de compañía, Roland no sabía que me sentía cansada y desvelada y yo no sé realmente todo lo que él tuvo que pasar en la noche, no sé dónde vive Roland, donde duerme, que es lo que come, con quién juega o si es que alguien más lo trata bien.
También pensé en esto que dicen “Se amable, no sabes los tormentos de las personas con las que tratas” (algo así) pasa lo mismo con los pequeños animalitos de la calle, con el señor de los esquites, con la señora que toca el acordeón sentada en la acera mientras cuida a sus niños y espera una moneda, con los abuelitos, los invidentes, los inválidos, ¡e-t-c!, ellos y todos merecemos ser amables, pero más importante, no hay que esperar que la amabilidad venga a nosotros, sino hay que llevar la amabilidad a otros; quizá un “Hola” que se diga con alegría y una sonrisa, y un “Tenga un buen día” de despedida, sea lo mejor que pueda regalársele a un ser humano, tal vez las palabras sean algo cotidiano, hagamos contacto visual con las personas o con los animales y dejemos fluir los sentimientos, les sorprenderá como nuestros cuerpos y rasgos faciales puedan reaccionar, pero sobre todas las cosas siempre recuerden un momento como el que Roland y yo tuvimos hoy, sin necesidad de hablarnos, solo de vernos, siempre sabemos que podemos contar el uno con el otro.
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